El laboratorio de innovación del consultor

¿Puede un consultor ser innovador? Bueno, ya se puede imaginar mi opinión al respecto, o no estaría dedicando estas líneas a una reflexión sobre el entorno que sirve de laboratorio de innovación para el consultor. Estoy convencido de que el consultor no solo puede, sino casi siempre es innovador. Esto sí, si llegamos a un acuerdo razonable sobre qué es la innovación. En mi forma de ver el concepto, la innovación es una novedad, un producto y un servicio que no existían antes, un modelo de negocio original o una forma de hacer diferente de la práctica habitual, que resulta mejor y más atractiva para el cliente y consumidor.

Para mí la innovación se construye en el momento del proyecto, a partir de la combinación de todo el conocimiento y experiencia del equipo de trabajo, reuniendo clientes y consultores. Es aquí que el consultor actúa como un agente promotor de la innovación, sugiriendo ideas basadas en experiencias anteriores, en sectores distintos y en la solución de problemas diferentes. En este sentido, el consultor es innovador cuando aprovecha el proyecto para desarrollar una solución nueva que no hubiera sido posible sin su aportación. Aquí reside la clave: la capacidad de construir algo nuevo, y no una simple reproducción de otro caso, aunque sea basado en una experiencia concreta adquirida en otro proyecto, en otro cliente.

Creo que cada nuevo proyecto ofrece una oportunidad muy interesante de innovar, de probar ideas en un entorno diferente, de romper barreras y de cambiar la forma de trabajar. Por definición, el consultor viene de fuera y no tiene vínculos con la situación de partida del proyecto. Este hecho en sí mismo ya permite una mirada distinta, la aportación potencial de soluciones diferentes de las que el personal de la empresa sea capaz de plantear solo. Dadas las condiciones adecuadas, y esto es fundamental, el equipo de proyecto puede ser una fuente muy productiva de innovación, creando un verdadero espíritu de colaboración en la generación de ideas. El entorno es propicio a ello, especialmente si consigue reunir a personas con puntos de vista diferentes que no tengan miedo a equivocarse. Por tratarse de un intento especial de mejora, fuera de la rutina, el equipo puede trabajar sin las restricciones que imponen la gestión operativa de un proceso estable.

La combinación de este entorno propicio a la prueba de nuevas ideas con el equipo humano adecuado y dedicado al proyecto crea, en mi opinión, un verdadero laboratorio de innovación. Si sumamos a ello la necesidad de solucionar un problema difícil, que justifica la inversión económica asociada a la contratación de un consultor externo, tendremos las condiciones ideales para promover la generación y aplicación de nuevas ideas. Por ello, cuando hablo de los consultores innovadores, no me refiero a los consultores especializados en la promoción y gestión de la innovación, sino de un consultor típico en cualquier proyecto de cambio y mejora en el mundo de la empresa e instituciones públicas.

Su rol de agente externo en el diseño y desarrollo de la solución rompe la barrera más básica que dificulta la empresa a considerar ideas fuera de su entorno: el alcance de la experiencia de su propio equipo directivo. Porque además de poder sugerir soluciones diferentes de las consideradas internamente, el consultor normalmente tiene un “mandato” de la dirección para hacer las cosas de forma diferente. En este contexto, cada proyecto se convierte en un laboratorio de innovación para todo el equipo. Y el resultado puede ser impresionante, permitiendo aflorar ideas innovadoras que las personas de la empresa no hubieran propuesto en un proyecto completamente interno. Lo he vivido en muchos casos.

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